Recuerdo que cuando tenía 10 años tuve la oportunidad de acompañarles a mis padres al mercado, a la Feria Libre. Diez años después regreso y encuentro que las cosa que cuando niña me sorprendían no han cambiado mucho o nada, pero ahora mi atención se centro en los detalles que muchas veces pasan desapercibidos y descubrí como el mercado me contaba gran parte de nuestra cultura como sociedad.
Es indudable que el trabajo infantil es común en Cuenca, pero en el mercado se evidencia aun más la cantidad de niños trabajadores, una situación alarmante, que cuando niña no entendí bien porque el papi de ese niño le mandaba con dos fundas de porotos y dos de alverjas a vocear el precio como una suplica para lograr vender aunque sea esas cuatro fundas.
Seguí mi recorrido en la feria, entre pollos pelados al sol y pavos en corrales, entre gelatinas y frutas en el suelo, entre vendedores ambulantes de comida para el almuerzo y zapatos; todo esto es común, lo inusual fue una señora que pedía limosnas acercándose a los clientes y tocándoles el hombro decía “oiga, ya de pues algo, oiga ya de alguna cosita, oiga, oiga” y ante la indiferencia se alejaba diciendo “eso querían, a eso llegamos, eso es lo que querían, ya pues eso es”, palabras retumbantes para alguien que las escucha con detalle.
Mientras en una radio cercana se escucha a todo volumen una canción que decía “el amor de la mujer se parece a la gallina, por que cuando muere el gallo se arrima a cualquier pollo”, señoras de muy buena presencia veían y tocaban las frutas regateando el precio con enojo y menospreciando a sus vendedores.
No falto la delincuencia como tampoco falto aquellos señores encorvados de avanzada edad que cargan quintales en sus espaldas hasta los parqueaderos cobrando tan solo un dólar como mínimo, ni diez años atrás ni ahora entiendo como puede ser físicamente posible esto.
A pesar de que algunas cosas han cambiado como el control en los parqueaderos, el mercado es un lugar no muy alentador para visitar, pero ¿Por qué?, tal vez por que a más de chocarnos crudamente con un olor a todo, nos encontramos de frente a la verdadera cara de nuestra cultura. Pues, en el mercado, se evidencia el machismo, la discriminación, la pobreza, el trabajo infantil y las diferencias de clases sociales.
